Es lamentable y preocupante que quien al protestar al cargo de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos es decir, de todos y cada uno de los mexicanos, no sólo del 30% de los ciudadanos), «de cumplir y hacer cumplir la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos», sostenga que «entre la justicia y la ley hay que privilegiar la justicia»; cuando la justicia es uno de los valores del derecho, de la ley, en la medida en que la Constitución, ley suprema, establece las bases orgánicas, estructurales, funcionales, operativas del Estado Mexicano, de todo el sistema u orden jurídico del país, sustentado en el respeto a los derechos humanos y la división de poderes, en el principio de la supremacía constitucional, que en conjunto se apoyan en el estado de derecho, es decir, en el respeto a las leyes y al sistema jurídico.

El derecho, el sistema jurídico, es el instrumento legítimo establecido, creado expresamente por la Constitución, para alcanzar la justicia, una justicia con ética, con sentido social, no una «justicia populista, declarativa, orientada a ganar popularidad, adeptos («electorera»); «justicia» que se aparta y se contradice de la verdadera y auténtica justicia.

El derecho es el instrumento legítimo, el medio, la «ciencia que tiene como objeto discernir lo justo de lo injusto… en situaciones concretas…» (Jorge Adame Goddard, 1988).

Desde Aristóteles subsiste la idea de que «…la justicia consiste en dar un tratamiento igual a los iguales, y un tratamiento desigual a los desiguales», lo que implica necesariamente, un juicio de valor, atendiendo a las circunstancias concretas e cada persona; como diría el Maestro Eduardo García Máynez «Para conocer las diferencias jurídicamente relevantes [se debe] tener en cuenta los criterios de necesidad, capacidad y dignidad o mérito» (citado por Jorge Adame G.), se debe atender al o los casos concretos, a las particularidades de cada caso, de cada persona, que permitan, siguiendo al Mtro. Máynez, «…hacer posible la determinación de lo que es justo en relación al principio de igualdad aritmética y desigualdad proporcional…» (ídem ant.).

Que bueno que la administración pública federal, en este caso concreto el Presidente, se preocupe y se ocupe de los sectores marginados, de los más pobres, pero regalar dinero, vía programas asistenciales, sin más requisitos que inscribirse en un padrón partidista, sin un mínimo de responsabilidad recíproca: aplicarlo efectivamente a una mejoría alimentaria, habitacional, de higiene, de capacitación para el trabajo, mejoría de hábitos, etc. (espero me explique), es aplicarlo a un barril sin fondo; sin un beneficio para la persona favorecida ni para el país. («…si quieres en verdad vencer el hambre, en lugar de regalar un pescado, mejor enséñale a pescar…» -palabras más, palabras menos, al parecer es un proverbio japonés-).

El esquema aplicado hasta ahora es un concepto mal entendido de la caridad, un dar por dar, con la agravante de que es un dar personificado, no institucional (me recuerda aquella frase: «…al diablo con las instituciones…».

No cabe duda que «…el poder envilece a las persona que lo mal ejercen..».

Un populismo a ultranza, es la antesala de un absolutismo, de una dictadura. (La dictadura del proletariado nunca ha funcionado).

de ahí que es importante, fundamental, necesario que se rectifique, que se escuche también a los mal llamados adversarios, a quienes vivimos de nuestro trabajo, los que sí pagamos impuestos; se debe abandonar el esquema de una lucha de clases, históricamente ya superada, de confrontación sistemática, so pretexto de que «…el que no está conmigo, está en contra mí».

La verdad no es patrimonio exclusivo de una persona en particular, la justicia tampoco.

La ley es la única fuente legítima, auténtica; «…para conocer lo que es justo o injusto».

Respetar y hacer respetar la Ley esa es la auténtica justicia.

Jorge Ortiz Escobar.